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La verdad es que nunca he ido a las celebraciones de San Isidro que cada año por estas fechas se hacen en la Pradera del mismo nombre, pero por lo que he podido investigar puedo concluir sin lugar a dudas que San Isidro sufre dolores de espalda muy intensos.
Su problema es la falta de actividad física, combinada con una alimentación desequilibrada y algo más de alcohol del recomendable. Explicaré con más detalle cada uno de los problemas:
Vago
Él es labrador y eso debería darle un nivel de actividad adecuado, incluso excesivo. Pero resulta que uno de los milagros que se le atribuyen es poner a los ángeles a arar el campo, para así liberarse de sus tareas y poder rezar. No es que rezar esté mal, pero el nivel de actividad física no puede ser comparado al de trabajar la tierra. Además las posturas estáticas pueden llegar a ser muy dañinas. La actividad física, en cambio, adelgaza y fortalece la musculatura que sujeta el esqueleto.
Borracho
En las celebraciones de la pradera de San Isidro son típicos los vinos de Valdepeñas, así que supongo que algún chato se toma. Para rematar, luego va a los toros (¡cómo faltar si le ponen su nombre a la feria!) y seguro que se toma unas cañas con los amigos. Esto es básico por si la corrida es mala y aburrida. Si fuera sólo de vez en cuando no tendría importancia, pero a la pradera van muchos días seguidos y la Feria de San Isidro dura alrededor de un mes... Tanto alcohol engorda. Mucho.
Lo único bueno es que los manantiales de la Pradera de San Isidro dan un agua estupenda y la gente se la lleva en botijos, por lo que supondremos que bebe mucha y al menos así reduce la resaca.
Glotón
Todos los días a base de rosquillas es una barbaridad. Sólo Homer Simpson puede hacerlo. Da igual que sean listas o tontas. Engordan mucho y el sobrepeso es horrible para la espalda (y para las articulaciones, el corazón...).
Hoy tenemos En primera persona a Alejandro S. y nos habla de su experiencia con una hernia de disco. Este es su cuarto y último artículo sobre el tema (¡cuatro veces gracias, de verdad!). Los anteriores Mi hernia de disco y yo: el dolor llama a mi puerta, Mi hernia de disco y yo: habeamus hernia y Mi hernia de disco y yo: explicación y tratamiento los publicamos hace unos días.
Desde el ataque agudo en el que me diagnosticaron la hernia de disco ya han pasado tres años.
Mantenimiento
Procuro mantener un peso no muy alto y hacer los ejercicios de abdominales que me mandaron con frecuencia, aunque admito mi tendencia a comer de más y peor de lo que debiera. También olvido los ejercicios varias veces a la semana. En teoría tengo que hacer los ejercicios a diario, pero creo que eso sólo lo logré durante los primeros meses. Ahora me doy por satisfecho si los hago tres o cuatro veces por semana.
Cada aproximadamente dos semanas también me doy un masaje para descargar la musculatura de la espalda y que no se me formen contracturas. Así conocí A Mano Fisios y he acabado escribiendo aquí.
Gracias a todo ello, y a que mi hernia aún no era muy seria, estoy bien y no he tenido más fases agudas. Algún día malo sí, pero no muy distinto de los días malos que puede tener cualquiera.
Deporte y actividad
Puedo hacer cualquier deporte y una vida totalmente normal. Sólo me recomendaron no dedicarme al judo ni ningún otro en el que forzara demasiado la espalda, pero tampoco tenía pensado empezar ahora (aunque admito que el no poder practicar algo lo hace extrañamente atractivo).
Mucha gente me dice que si tengo problemas de espalda tendré que nadar mucho. De hecho lo pregunté en su momento y me dijeron que tampoco me volviera loco con la natación. Si bien es un deporte muy sano y completo, justo para mi dolencia tampoco me iba a aportar muchísimo porque los abdominales no se ejercitan demasiado nadando (al menos no nadando de una manera normal). Incluso podría ser contraproducente por la rotación lateral de columna que se produce al sacar la cabeza para respirar. Las recomendaciones para evitar eso fueron respirar menos (no termina de convencerme por motivos obvios) o nadar con gafas y tubo de bucear (tampoco, aunque me guste la atención no me apetece ser el tío raro de la piscina).
Por todo ello la verdad es que nado poco, aunque cuando lo hago noto una mejora en el tono muscular de la espalada muy importante que creo que compensa los problemas que pueda tener. Como casi todo, con moderación probablemente sea una buena idea.
En conclusión
Siendo realista, es probable que en algún momento acabe operado de mi hernia de disco o con más problemas de espalda, pero mientras pueda lo retrasaré. Y quizá para cuando me toque la operación esté más conseguida o haya otra solución. Hay tratamientos experimentales que quizá para entonces hayan dejado de serlo.
Todo esto es sólo mi caso y no quiero generalizar. Hay gente que está mucho peor y que tiene que operarse de la hernia sin posibilidad de retrasarlo. Y eso tampoco es necesariamente malo, porque la mayoría cuentan que la operación suele aliviar los dolores. Lo que quería es desdramatizar un poco las hernias de disco. Son un problema, pero hay muchas otras cosas que también lo son y por las que la gente no se asusta tanto. Serán tan problema como quieras que sean.
Hoy tenemos En primera persona a Alejandro S. y nos habla de su experiencia con una hernia de disco. Este es su tercer artículo sobre el tema. Los dos anteriores Mi hernia de disco y yo: el dolor llama a mi puerta y Mi hernia de disco y yo: habemus hernia los publicamos hace unos días y pronto publicaremos el cuarto, que cierra la serie.
Este artículo es el más técnico de los cuatro y quiero insistir en que esto es sólo la perspectiva de un paciente. No soy médico ni pretendo dar explicaciones científicas precisas. Sólo compartir mi experiencia.
Explicación
Una hernia de disco es una alteración de uno de los discos que separan las vértebras entre sí y que dan cierta flexibilidad a la columna. Esa alteración presiona sobre un nervio y eso es lo que causa el dolor. Las molestias más típicas son lumbalgias (mi caso) o ciática, dependiendo de qué nervios presione esa deformación en el disco.
Una protrusión es una cría de hernia. La deformación es aún pequeña y no da muchos problemas, pero seguramente lo hará cuando crezca.
Los médicos distinguen entre distintos tipos de hernias y normalmente dicen que es hernia cuando hay rotura de una parte del disco y protusión cuando sólo es deformación.
Para una explicación más detallada este artículo del servicio de divulgación de la Biblioteca Nacional de Medicida de EEUU está muy bien.
Tratamiento
En mi caso, debido a que la hernia no era grande, me dijeron que no hacía falta operar.
La operación de hernia de disco consiste en quitar el saliente del disco para que no presione sobre ningún nervio y no genere dolor. Cuando el fragmento de disco que se quita es grande se fijan varias vértebras entre sí para darle estabilidad a la columna. Evidentemente, si te fijan vértebras pierdes movilidad. Por eso los médicos intentan no operar si no es estrictamente necesario. Tiempo habrá para ello.
Además de la cirugía he leído que hay otros tratamientos experimentales, pero de eso no tengo ni idea y no puedo opinar.
El neurocirujano me explicó que la hernia es algo degenerativo y seguramente no me la causó el esfuerzo de la puerta de garaje. Probablemente se había ido formando y eso sólo fue la gota que colmó el vaso.
Las hernias no se curan, pero pueden no ir a más, o al menos no empeorar muy deprisa. Me dijo que a veces tendría fases agudas que me dolerían y que otras veces ni me acordaría de que la tengo. Y que si las fases agudas no se repetían más de una vez al año no le diera importancia. Si alguna vez lo hacen tengo que volver para reevaluar la situación.
Para evitar que eso pase me recomendaron perder peso, mantener los abdominales fuertes y darme un masaje para descargar la espalda de vez en cuando. Todo eso lo comentaré en el próximo y último artículo.
Hoy volvemos a tener En primera persona a Alejandro S. y nos habla de su experiencia con una hernia de disco. Éste es el segundo artículo de los cuatro que ha tenido la generosidad de escribirnos. El primero, Mi hernia de disco y yo: el dolor llama a mi puerta, lo publicamos hace unos días. Los otros dos estarán aquí pronto.
Tras varios días con molestias intermitentes pero de cierta importancia, fui al traumatólogo. Me hizo una radiografía y un examen físico. Fue el primero que me dijo que podía tener una hernia de disco.
Después tuve que ir al neurocirujano (lo sé, da miedo hasta la palabra, pero en ningún momento intenta taladrarte el cráneo). Me dijo que efectivamente podía tenerla y me mandó hacer una prueba llamada electromiograma, o electromiografía. Cuando averigué lo que era casi no voy.
Un electromiograma es una prueba en la que te clavan unas pequeñas agujas en los músculos y hacen pasar un corriente a través de ellas para ver cómo responden. Sirve para ver si los nervios están afectados. Como en mi caso el dolor en la parte baja de la espalda las agujas me las pusieron por las piernas. Y resultó que la prueba no fue nada molesta. Me han dicho que antes sí era algo muy incómodo, pero hoy las agujas son muy finas y las corrientes muy bajas. Prefiero un gin-tonic mientras escucho música, pero no puedo decir que un electromiograma sea peor que la mayoría de cosas que ponen en la tele.
Cuando el neurocirujano vio los resultados me confirmó que las respuestas nerviosas no eran normales y que tenía algún tipo de pinzamiento.
Me mandó hacer una resonancia magnética. En esta prueba se ve todo, pero normalmente no la mandan directamente, creo que porque es más cara que las otras. No es nada molesta, simplemente te meten en una máquina bastante grande y tienes que estar quieto. No tengo ni idea de cómo funciona, pero consiguen imágenes de todo tipo de tejidos.
Y la resonancia lo confirmó, una hernia L4-L5 (entre las vértebras lumbares L4 y L5) y una pequeña protrusión (que es como un inicio de hernia... un cría de hernia según mi neurocirujano) L5-S1 (entre la lumbar L5 y la sacra S1). Hernia y pico en la parte baja de la espalda. Una faena, pero ya estaba preparado.
En relación al proceso de diagnóstico tengo que decir que realmente me ayudó tener un seguro privado porque pude hacerlo todo muy rápido. La seguridad social funciona muy bien para muchas cosas, pero todo suele llevar su tiempo. En esta fase tuve que ir a consulta cinco o seis veces y me hicieron tres pruebas distintas, pero en total no me llevó más de tres o cuatro semanas sin dejar de trabajar.
Hoy escribe En primera persona Alejandro S. y nos habla de su experiencia con una hernia de disco. Le conocemos desde hace años y siempre es entretenido hablar con él. Como tenía mucho que contar y no queríamos dejar nada fuera hemos decidido partir su colaboración en cuatro articulos. Hoy publicamos el primero y haremos lo propio con los otros tres en breve.
Treinta. Tengo treinta años y una hernia de disco. Si a mi edad ya estoy así, ¿qué clase de vida me espera? Esos fueron mis primeros pensamientos cuando me diagnosticaron una hernia de disco hace unos años. Hoy, cuando lo miro hacia atrás, me doy cuenta de que estaba dramatizando demasiado. El desconocimiento, o quizá el exceso de conocimiento (¡bendito internet!), me llevaron a darle demasiadas vueltas a algo que es mucho más habitual de lo que la mayoría piensa. Y por eso he pensado que compartir mi experiencia quizá ayude a otros.
Los antecedentes
Lo primero es decir que hasta que me diagnosticaron la hernia mi vida era bastante normal. Siempre he hecho deporte, pero nunca de una manera muy seria o habitual. También he pasado muchas horas sentado y con frecuencia he tenido unos kilos de más. Había tenido dolores de espalda, y una vez me di un golpe muy fuerte esquiando que me hizo estar varios días casi inútil y con mucho dolor.
En general no creo que mis antecedentes sean muy diferentes de los de gran parte de la población de mi edad.
El detonante
Me había dejado unas cosas dentro de un garaje, y tenía que abrir la puerta. Era una de esas puertas grandes que basculan y se quedan arriba una vez que las levantas. Ésta estaba muy dura y costaba mucho hacerla subir. Así que, tras varios intentos fallidos, cogí aire, me agache un poco, y tiré hacia arriba con todas mis fuerzas.
La abrí, aunque me arrepentí al instante porque noté un dolor agudo en la zona lumbar que me hizo lamentar haber salido de casa esa mañana. Pude volver a estirarme y seguí en marcha el resto del día, aunque estaba muy tocado y sabía que algo no andaba bien.
Al día siguiente me enteré de que la puerta era a motor y se abría pulsando un botón. ¡Al menos no la rompí!


