Mi hernia de disco y yo: el dolor llama a mi puerta

Figuras con dolor de espaldaHoy escribe En primera persona Alejandro S. y nos habla de su experiencia con una hernia de disco. Le conocemos desde hace años y siempre es entretenido hablar con él. Como tenía mucho que contar y no queríamos dejar nada fuera hemos decidido partir su colaboración en cuatro articulos. Hoy publicamos el primero y haremos lo propio con los otros tres en breve.

Treinta. Tengo treinta años y una hernia de disco. Si a mi edad ya estoy así, ¿qué clase de vida me espera? Esos fueron mis primeros pensamientos cuando me diagnosticaron una hernia de disco hace unos años. Hoy, cuando lo miro hacia atrás, me doy cuenta de que estaba dramatizando demasiado. El desconocimiento, o quizá el exceso de conocimiento (¡bendito internet!), me llevaron a darle demasiadas vueltas a algo que es mucho más habitual de lo que la mayoría piensa. Y por eso he pensado que compartir mi experiencia quizá ayude a otros.

Los antecedentes

Lo primero es decir que hasta que me diagnosticaron la hernia mi vida era bastante normal. Siempre he hecho deporte, pero nunca de una manera muy seria o habitual. También he pasado muchas horas sentado y con frecuencia he tenido unos kilos de más. Había tenido dolores de espalda, y una vez me di un golpe muy fuerte esquiando que me hizo estar varios días casi inútil y con mucho dolor.

En general no creo que mis antecedentes sean muy diferentes de los de gran parte de la población de mi edad.

El detonante

Me había dejado unas cosas dentro de un garaje, y tenía que abrir la puerta. Era una de esas puertas grandes que basculan y se quedan arriba una vez que las levantas. Ésta estaba muy dura y costaba mucho hacerla subir. Así que, tras varios intentos fallidos, cogí aire, me agache un poco, y tiré hacia arriba con todas mis fuerzas.

La abrí, aunque me arrepentí al instante porque noté un dolor agudo en la zona lumbar que me hizo lamentar haber salido de casa esa mañana. Pude volver a estirarme y seguí en marcha el resto del día, aunque estaba muy tocado y sabía que algo no andaba bien.

Al día siguiente me enteré de que la puerta era a motor y se abría pulsando un botón. ¡Al menos no la rompí!

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